Cuenta la leyenda que en las noches en que la luz de la luna bañaba las aguas del lago de Texcoco, en el Valle de México, una mujer emergía lamentándose y clamando a la oscuridad por la pérdida de sus hijos. Ella es Cihuacóatl, diosa de la tierra y la fertilidad, y al grito de “hijitos míos, ya tenemos que irnos lejos”, advirtió a Moctezuma de la llegada de los colonos y de la devastación de la cultura mexica. Cihuacóatl ha llegado a nuestros días bajo el nombre hispano de la Llorona, una mujer indígena bellísima que mató a sus hijos tras ser abandonada por su amante, un noble español.

Esta figura triste sigue atada a los pueblos cercanos a Texcoco. “Me quitarán de quererte, llorona, pero de olvidarte nunca”, cantaba Chavela Vargas. Y es que aún hoy se sigue apareciendo a los vecinos, que aseguran verla y oírla llorar la muerte de los hijos que el imperio español le arrebató. Así lo cuenta Abraham, vecino de la comunidad de Chimalhuacan, desde lo alto del cerro Chimalhuachi, justo cuando despunta el alba.

Los primeros rayos de sol aparecen tras la sierra de montes que rodean el Valle, que antes estaba bañado por el lago de Texcoco. Pero hoy, lo que había sido un inmenso espejo de agua, es un mar de metal, hierro y carreteras que alberga, entre otros núcleos, a la descomunal Ciudad de México. La desecación progresiva del lago empezó con la llegada de los españoles y no se detiene. “La política de conquista y colonización hispánica es la misma que la de los gobiernos mexicanos actuales. La hidrofobia de pensar que el lago no sirve acabará con nuestras comunidades”, se lamenta Abraham.

El único resto de agua que queda es el Nabor Carrillo, un lago artificial creado para paliar el daño de las inundaciones que, invariablemente, las ciudades del Valle sufren en cada época de lluvias. Cercana a las inmediaciones del Nabor Carrillo se halla la otra zona sin edificar que alcanza a la vista. Son los terrenos reservados para el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM).

Este proyecto faraónico ha estado en mente de diversos dirigentes mexicanos desde el 2004 y contemplaba la construcción de 743.000 metros cuadrados que podrían haber llegado disecar también el Nabor Carrillo. “El plan del NAICM es etnocidio y proceso final de la empresa colonizadora en México”, sentencia Itzam Pineda, antropólogo encargado del peritaje antropológico del proyecto del Aeropuerto. Y es que los terrenos del NAICM están emplazados en lugares sagrados para los pueblos originarios de comunidades como Chimalhuacan. Pero el aeropuerto no afectaba sólo a su cosmovisión, sino también a su supervivencia.

“El paraíso se halla en la tierra que provea higo, granada, vid y oliva”, recuerda Abraham, citando La Biblia. Todos estos frutos crecían y crecen en las inmediaciones del lago Texcoco, que también era lugar para el cultivo de algas, caza del pato y recolecta de ahuahutle -huevo de mosquito comestible conocido como el caviar mexicano. Pero esta riqueza ha sido sustituida por altos índices de criminalidad, violencia y represión a las resistencias. El lago era vida. Una vida que fue tasada en 13.400 millones de euros.

Un NAICM parado que sigue gastando dinero

El primero de julio de 2018 comenzó la cuarta revolución mexicana. O así se refirió a su propio mandato Andrés Manuel López Obrador, nuevo presidente de México. Pocos meses después de las elecciones y sin haber empezado todavía su legislatura, el presidente electo cumplió su primera promesa electoral. Celebró una consulta que daba a escoger entre construir el NAICM en Texcoco o en la base aérea de Santa Lucía. México se pronunció y prefirió el lago. El proyecto quedaba detenido y la atención se desviaba de Texcoco. Pero no así se movieron las máquinas excavadoras ni las explosiones de las minas. Las obras seguían.

Desde la celebración de la consulta han destacado las respuestas ambiguas o el silencio del Gobierno sobre el estado del proyecto. Y como muestra, las reiteradas evasivas del Senador Higinio Martínez, responsable de la Secretaría de Transportes, a acceder a realizar una entrevista. Y es que cancelar un proyecto millonario como este no es tan fácil: se financió el NAICM a base de bonos, préstamos y fideicomisos que iban a ser devueltos con la tasa aeroportuaria del nuevo espacio. Pero sin aeropuerto no hay vuelos. Ante la falta de liquidez para sufragar la deuda, cancelar los contratos hubiera supuesto un duro golpe para un López Obrador aún no investido.

“Todavía no hemos visto ningún informe que justifique la cancelación”, comenta Ignacio De Prezno, ingeniero de la Consultoría KPMG. “Cualquier decisión que involucre dinero de los contribuyentes debe comportar más beneficios que costes y nadie se va a atrever a darnos ninguna cifra”, añade. Con todo, el ingeniero considera que la cancelación del aeropuerto fue una decisión tomada “a la ligera”.

A finales de abril y con el 30% del papel recomprado, el NAICM todavía dejaba una deuda de más de 3.760 millones de euros. Pero nada se sabe todavía del dinero que le va a costar al Estado compensar a las empresas encargadas de los contratos. Para calcular el monto a recibir se debería saber la inversión inicial (para construir oficinas in situ, contrataciones etc.) y los gastos no recuperables (como compra de material que no se ha usado y no se puede devolver). Pero ni el gobierno ni las empresas están facilitando esta información.

Ninguna de las cinco empresas españolas presentes en el NAICM ha contestado a las preguntas de este mediosobre el estado del proceso de compensación ni sobre las inversiones realizadas. Una de las empresas – cuyo nombre no se revelará, a petición de la persona consultada- comentó que se trata de un proceso “confidencial” y que “no se darán datos hasta finalizar todo el proceso”. Por lo tanto, sin estos datos disponibles, calcular si la compensación que recibirán las empresas es la correcta, es casi imposible.

Además, la compensación que planea el gobierno para las españolas no es sólo económica: en el FITUR de Madrid -y a penas dos meses antes de que Obrador pidiera a la monarquía española que se disculpara por el expolio durante la conquista-, el secretario de turismo mexicano, Miguel Toruco, abrió la puerta a nuevas “áreas de oportunidad”, entre las que se contempla el Aeropuerto de Santa Lucía. “Se les dará todas las facilidades”, dijo. Igualmente se expresa la española Sacyr, que afirma que están trabajando para “resolver el contrato de forma satisfactoria para ambas partes” y “seguiremos participando activamente en el desarrollo de proyectos” en México.

A pesar de que las palabras de Obrador sugieren borrón y cuenta nueva de un proyecto “costoso, opaco” y en el que asegura que hubo corrupción -la Policía Federal detectó un desfalco de casi 795 millones de euros-, sus gestos no ayudan a arrojar luz. Y es que en Santa Lucía ya se está trabajando sin que se haya sabido nada de la licitación de los nuevos contratos. ¿Por qué? Porque el terreno está en una base aérea militar, propiedad de la Secretaría de Defensa que, por su naturaleza, no debe realizar concesiones ni está sujeta a las leyes de transparencia.


Un aeropuerto a medias, un desastre medioambiental completo

“En ningún momento hubo documentos que mostraran la viabilidad del proyecto”, recuerda De Prezno. Y es que el ingeniero de KPMG afirma que las fallas en el diseño y la situación del terreno hacían del NAICM un proyecto que iba a costar mucho dinero en mantenimiento. Entre las obras que muestran esta complejidad hallamos empresas españolas como Sacyr, que estaba en proceso de cimentar los terrenos donde se iba a construir la terminal (edificio que iba a ser erigido por otras dos empresas españolas: Acciona y FCC), según los contratos a los que ha tenido acceso este medio.

Preparar esos terrenos no era tan fácil, ya que aunque no haya agua en la superficie, la humedad se acumula bajo tierra. Son suelos “muy especiales”, según se señala en uno de los contratos consultados. “La experiencia acumulada [….] indica que no se puede transitar sobre el terreno, por su nula resistencia”, añaden. Estas características demuestran que el agua sigue presente en Texcoco, a pesar de que las empresas se afanen a seguir denominándolo “exlago”.

Espino señala el tiradero de Tlaminca y recuerda: “demostramos que debían clausurarlo”. Y es que los vecinos llevan desde 2017 denunciando irregularidades. Según la Norma Oficial 083 de la SEMARNAT (Secretaría de Medio Ambiente), no puede haber tiros a menos de un quilómetro de residencias o comunidades. Así lo destaca Espino, que tiene a sus espaldas una casa de madera, de la que asoma una vecina, curiosa. Tampoco puede haber lugares de culto, pero igual que la vecina, la cruz de una iglesia se deja entrever entre las copas de los árboles, no muy lejos. “¡Todo les da igual! Nos borraron las iglesias del informe, para que no supusieran un problema”, se lamenta el Profesor. Y lo mismo pasó con los pozos, escuelas o ríos cercanos.

Las quejas de activistas como Espino no son baladí, y es que en las zonas cubiertas de lodos ya no crece nada. A pesar de que los análisis toxicológicos elaborados por las empresas y ratificados por la SEMARNAT afirman que son inócuos. “Han falsificado los informes para convertir nuestros cerros en un vertedero tóxico”, denuncia el profesor mientras sostiene un estudio elaborado por su universidad. En ese análisis se detectan niveles “altamente peligrosos” de Boro, Cloruro, Carbonato y Sodio.

“Los lodos son corrosivos, matan todo lo vivo”, alerta Espino. Pero no sólo los suelos se ven afectados: estos residuos que, al secarse al sol, levantan el vuelo en forma de polvo finísimo, también pueden afectar a los humanos. Hipertensión, irritación y problemas respiratorios son algunas de las consecuencias. “De momento sólo vemos que los catarros nos duran más y que la piel se nos enrojece”, reconoce Maricela, vecina de Tlaminca. Pero no por ello bajan la guardia: “no queremos esperarnos a que nos suceda algo grave, la salud no se pide, se ejerce, pues está por encima incluso de la democracia”, reivindica.

Los tiraderos de Tlaminca son sólo una mínuscula parte en el engranaje del NAICM. Sólo una pieza en uno de los más de 450 contratos. El que fue el mayor proyecto y símbolo del sexenio del expresiedente Enrique Peña Nieto “debía construirse como fuera”, relatan en Tlaminca. Pero, ¿a qué precio?

A la orilla del lago

Los planes del aeropuerto datan del 2001, cuando el gobierno lanzó una serie de decretos para expropiar 5,400 hectáreas, argumentando que se trataba de una tierra “inservible”, por lo que pagaba a 33 céntimos el metro cuadrado. Como respuesta surgió un potente movimiento, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, que logró frenar la expropiación, convirtiéndose así en una de las primeras organizaciones que en el entrante siglo frenarían un megaproyecto. 

Marta Pérez y Adela Romero son originarias de Atenco y participan en la resistencia desde el principio. “Alteraron nuestra vida con la imposición de la obra”, explica Marta: la entrada del crimen organizado, la falta de acceso a sus propios terrenos, soborno de los propietarios para la venta de tierras o la ruptura del tejido social pasaron a ser su día a día desde la expropiación de los terrenos. 

Y no solo en Atenco, sino en toda la región. En Tlaminca, a 17 kilómetros de Atenco, mientras este equipo de periodistas entrevistaba al profesor Espino, un grupo de ejidatarios -propietarios comunales de los terrenos- en estado de ebriedad y favorables a las obras, se acercaron para amenazar al entrevistado. 




“¿Qué tienes tú que decir? Te tengo dicho que no te metas en problemas: un día te encontraré sólo”

Amenazas como esta ahora son constantes entre vecinos que antes copartían relaciones de amistad. Al ser preguntados sobre su opinión al respecto de las obras, responden sin palabras, simplemente empujan la cámara. El territorio sigue en disputa.  

Marta y Adela también vivieron la represión. Recuerdan momentos convulsos mientras dirigen su mirada 200 metros abajo, por donde cruza la barda perimetral que rodea los terrenos del aeropuerto y que cercenó su pueblo. Como represión a las resistencias, más de 100 personas fueron apresadas, con sentencias de hasta 100 años y 26 mujeres sufrieron tortura sexual. Los helicópteros sobrevolaban la región a diario. “Pensábamos que enfrentábamos al gobierno, pero luego vimos a las transnacionales”. 

El vuelo de un pato lo es todo

“El amor es dignidad: estamos orgullosas de nuestra sangre indígena”, asegura Marta. Para ellas el lago es vida y la vida es lucha. “Es con lo que Atenco puede contribuir al mundo”, comenta Adela, emocionándose con la vista fija en el Aeropuerto. La lucha no era contra el NAICM, sino en favor de la vida. De toda la vida. “Se llevaron a los patos”, explican, apesumbradas.

Los vuelos de las aves migratorias hubieran resultado tremendamente peligrosos para un aeropuerto. Pero aún con la obra detenida los vecinos de Atenco siguen sin saber dónde están sus patos. Y esa lucha por cada uno de los seres vivos es lo que diferencia las comunidades de las grandes transnacionales: “para ellos la vida es lo mínimo, pero para nosotros un pato lo es todo”, apunta Marta. “Nos dicen que nos negamos al progreso, pero si el progreso es eso, pues no, no lo queremos”, sentencia.

 “Si dejábamos que esto se construyera vendría la desaparición: ni los cultivos ni el agua iban a ser de nosotros. Era el exterminio”, dice Adela. Y no iba desencaminada, pues la falta de agua de una zona que había sido lago desafía la lógica y la memoria de las pocas personas que recuerdan haber jugado en las orillas, décadas atrás. 


A la orilla del Río Papalotla, Arturo Cando describe cómo “rompieron el ciclo hidrológico en una región en la que falta el agua”, comenta. Los ríos que quedan no se ven porque se entubaron para redirigir su cauce y alimentar las necesidades que tendría el aeropuerto, dejando a las comunidades sin agua para sus cultivos, ganado y consumo. 

Arturo explica que los gobiernos municipales se muestran muy orgullosos de anunciar que en este tipo de obras participan empresas españolas, “como si fueran garantía de progreso”. Pero, en realidad, para él resulta una contradicción: “los españoles nos trajeron hidrofobia”, reflexiona, mientras nos guía hacia lo alto de uno de los cerros que antes coronaban el horizonte de su comunidad. 

En Tepetlaoxtoc, además de ríos entubados, también hay algunos de los más de 150 montículos que se explotaron para sacar tezontle. Arturo y Daniel, su hermano, recorren con la mirada lo que antes era un cerro sagrado y ahora está a la mitad. Mientras caminan, levantan pequeñas piezas de barro y obsidiana, material con el que se fabricaban cuchillas y ornamentos prehispánicos. Imaginan qué tipo de pieza habría sido hace siglos. Al destruir la memoria, sólo queda la invención.


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“Esta era una flauta”, asegura tomándola con su mano. Pero al dar tres pasos llega a la orilla del abismo. Se asoma. El vértigo no es solo por ver el fondo del agujero que provocaron las explosiones, sino por saber lo que se perdió de la vida que antes era.

Después de la cancelación del NAICM, paulatinamente fueron parando las obras, tanto las del aeropuerto como sus trabajos complementarios. Todas, menos una autopista que debía conectar los núcleos urbanos con el recinto. Todavía a mediados de julio y, pesar de estar oficialmente parada, cada pocos días se añadían detalles que hacen sospechar que, aun sin aeropuerto, la autopista se acabará. 

Pero algo detiene su inexorable avance. Es el jardín de Nieves Rodríguez. Su casa se halla en medio de dos lenguas de cemento que no pueden conectarse. Se niega a dejar su casa y su jardín de árboles frutales, donde siembra nopal, calabaza y frijol. “Te voy a defender”, dice mirando desde la carretera a su hogar, con fachada de ladrillo. 

Nieves ha sido amenazada de muerte varias veces pero sigue impidiendo la operación de esta autopista casi terminada. A pesar de que las administraciones comunicaron que todo el terreno quedaría restablecido, tras la cancelación del NAICM, Nieves ve impotente cómo la construcción de esta autopista continúa. 


Según el asesor de KPMG, Ignacio García de Presno, es normal que tras los meses posteriores siguieran algunas obras, “para tapar agujeros; no se pueden soltar las máquinas y ya”, apunta. Pero no parece que colocar los separadores de carriles sea necesario para una autopista que ha de derrocarse. Además, empresas y gobierno siempre fueron opacos: pocos datos había disponibles en los contratos sobre las responsabilidades ambientales de las empresas y modus operandi en caso de cancelación. Esta parte de los documentos aparece tapada por recuadros negros superpuestos, por contener información que pudiera ser “útil para un competidor”.

Territorio en disputa

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En abril comenzaron las mesas de negociación entre comunidades y gobierno para acordar cómo se iba a reestructurar el territorio. Una de las primeras demandas era la restitución de 2000 hectáreas que quedaron dentro del polígono de obra. Pero precisamente lo único que, según los expertos, no puede ser restituido es la base para la torre de control, erigida por la española Aldesa. “Que quiten toda la infraestructura. Es una afrenta a los pueblos, un delito ambiental. Una vez retirado todo, que las aguas regresen a su cauce”, exige Marta. 



El retorno del lago es lo que desea todo aquel que recuerda la vida lacustre: reviven en la memoria de las comunidades los patos y el ahuahutle. Ese manjar, huevas de un pequeño mosco que cría en las orillas, también se acabó con la desecación del lago, y quedan muy pocas personas que siquiera conozcan el llamado ‘caviar de los pobres’. 


Sin embargo, hay quien todavía lo cultiva en el lago Nabor Carrillo, aunque no cualquiera consigue entrar, ya que se trata de una área bajo custodia federal. “Nos prohíben acceder porque no quieren que al verlo queramos recuperar Texcoco”, opina Abraham. Y es cierto que, dejando atrás los áridos caminos de Chimalhuacan, seca la piel por el polvo y el asfalto ardiente, la fresca brisa que acaricia las aguas tranquilas del Nabor Carrillo limpia hasta lo más hondo. 

Así lo vivió este equipo periodístico, que logró entrar al lago para ver el gran cuerpo de agua al que acuden miles de aves. Y dentro, como una perla, estaba “El Lobo”, una de las 6 personas con licencia para seguir con el cultivo de ahuautle. Aún al saber que ese hombre de manos curtidas es de los pocos que realizan aún esta actividad, a sus hijos ya no les interesa continuarla.


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Dada la escasez, este manjar puede llegar a tener un precio altísimo, pero El Lobo asegura que prefiere regalarlo que venderlo a 40 euros el kilo. “El lago nos enseñó a compartir, no a lucrarnos”, cuenta, con la vista fija en el agua. “Van a creer que estoy loco pero yo hablo con el lago”. 

Ahí, en la orilla, buscando ahuautle, resistiéndose a abandonar lo que queda de toda esa explosión de vida, le preguntamos qué le diría al lago si algún día vuelve a estar completo. Clava la mirada y no tarda en responder. Le diría “gracias”.